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A Wladimir, Walter y Edwin,
mosqueteros del amor pagado

Bajo el techo el humo blanco envolvía las luces de colores.
No había rayo de luz que atravesara los cristales.
Todo eran volutas de sexo
y sudor como sangre
en los cuellos de los hombres.
Se hacía fila como en un mercado de reses robadas.
No era la noche sino el día de la resaca luminosa.
Dos obreros con pantalones sucios
se engolosinaban al mirar la transparencia
de las ropas femeninas.
La cerveza se entibiaba con el calor
y era una sopa espesa sobre la mesa
o bajando por la garganta.
Las chicas entraban y salían de sus cuartos
agitadas por la combustión del goce masculino.
El día como la ceniza se perdía en el piso.
En el centro del salón un cuerpo obeso empezó a menearse,
pero nadie quería esa espantosa soledad.
Los que estaban sentados en las mesas masticaban
la inerte velocidad de sus vidas.
Un chino triste fumaba con aire tibetano.
Se llamaba Bo Hu y no hablaba español.
Dos policías de servicio hacían fila en la cueva de la más
tetona.
Y todo era simple y básico como orinar al aire libre.
En la espesura del humo las risas eran gritos.
Esta muchedumbre venía a contagiarse de la pequeña muerte.
Esta pequeña muerte venía a contagiarse de la muchedumbre.
O tal vez era la vida en su última implosión.
El olor del morbo se pegaba en la ropa
y el feliz suplicio de la bebida enfriaba nuestra sangre.
No había por qué huir.
El lugar era seguro como una cárcel.

Santiago Vizcaíno