Marieta y Joel

Mis senos caen como dos gotas de lluvia, como las de la ventana, la habitación está inundada de silencio, absoluto, sacro y alegórico, como aquel del bosque que está en medio de dos montañas donde cualquier pájaro se posa sobre una rama y el eco se extiende, el crujido llega a tocar las hojas de los árboles más grandes. Como esas gotas de la mañana son mis pechos y reflejan tu rostro en ellos. Me miras, estamos frente a frente sobre la cama, nos reconocemos de nuevo mucho gusto, soy Marieta y tú Joel, así me dices, así te digo, conocimos nuestros nombres después de todo. Afuera caen los goterones, también llueve la guerra, lo sabemos, así está todo, revuelto y triste, siempre llueve cuando hay más cosas bellas para engrandecerlas con el agua, porque solo la lluvia toca las voces que traemos, por qué ahora no iba a llover afuera, la cama es un lienzo ligero, aún adentro llueve silencio y sólo dos pares de ojos se miran, tu rostro se refleja en mis dos gotas translúcidas.  Tu piel es danza bajo esa lluvia. Sentados así, desnudos y con el sabor del uno en el otro, la mirada no cesa, las sábanas están sobre nuestras piernas, tus manos en mis orejas ahora en mis ojos, tus labios besan los míos y vuelven al inicio, a los ojos. La piel envuelta en humores, mucho gusto conocerte al fin, tu sonrisa, mis dientes, el pelo que suelta desordenado el humo que tatúan estas palabras. Silencio, de nuevo silencio y lluvia.

Angélica Hoyos